Montada en el tren, con los cascos puestos, no mostraba intención de hablar con nadie, porque ni siquiera estaban mis compañeras de la universidad, y decidí sentarme en un sitio apartada y relajarme con la música para no aburrirme. En la parada siguiente a la mía tuve compañía, una mujer con una cara amigable, con carpetas con muchísimos colores, supe enseguida que era una profesora de infantil. No recuerdo como surgió la conversación, el caso es que en un instante me dí cuenta de que ya no tenía puestos los cascos y estaba completamente centrada en lo que ella me contaba con tanto entusiasmo. Me habló de su clase, de sus pequeños alumnos, y también me mencionó algunos que eran muy tímidos y que ya no sabía que hacer con ellos. En ese momento recordé que en clase habíamos practicado un poco de teatro, y así enseñábamos a los niños a perder la vergüenza. Le contarle la idea y le puse algunos ejemplos de relajación previos para que los niños se tranquilizasen y ella ¡no paraba de apuntar en su cuaderno de flores! para ella era una idea realmente buena y pensaba llevarla a la práctica. Me dio las gracias y con una gran sonrisa se bajó del tren en la parada de su guardería. No pude evitar sonreír al ver aquella guardería, yo también quería utilizar los recursos que estaba aprendiendo en clase con niños, pero me sentí bien, pues supe que pude ayudar a otra persona, y por primera vez fui yo quien dí consejo, acostumbrada a que me lo dieran a mi y, lo mejor de todo, de profesora a profesora.
Montada en el tren, con los cascos puestos, no mostraba intención de hablar con nadie, porque ni siquiera estaban mis compañeras de la universidad, y decidí sentarme en un sitio apartada y relajarme con la música para no aburrirme.
En la parada siguiente a la mía tuve compañía, una mujer con una cara amigable, con carpetas con muchísimos colores, supe enseguida que era una profesora de infantil.
No recuerdo como surgió la conversación, el caso es que en un instante me dí cuenta de que ya no tenía puestos los cascos y estaba completamente centrada en lo que ella me contaba con tanto entusiasmo.
Me habló de su clase, de sus pequeños alumnos, y también me mencionó algunos que eran muy tímidos y que ya no sabía que hacer con ellos. En ese momento recordé que en clase habíamos practicado un poco de teatro, y así enseñábamos a los niños a perder la vergüenza. Le contarle la idea y le puse algunos ejemplos de relajación previos para que los niños se tranquilizasen y ella ¡no paraba de apuntar en su cuaderno de flores! para ella era una idea realmente buena y pensaba llevarla a la práctica. Me dio las gracias y con una gran sonrisa se bajó del tren en la parada de su guardería. No pude evitar sonreír al ver aquella guardería, yo también quería utilizar los recursos que estaba aprendiendo en clase con niños, pero me sentí bien, pues supe que pude ayudar a otra persona, y por primera vez fui yo quien dí consejo, acostumbrada a que me lo dieran a mi y, lo mejor de todo, de profesora a profesora.